Efectos secundarios no colaterales
LLegó junio y cumplimos 22 meses de travesía: incertidumbre, efusividad, depresión, ansiedad, expectativa, esperanza y fe, etc.
Cada habitante tiene su concepto del cáncer y mira con asombro el dolor ajeno, muestra una leve tristeza y solidaridad con quien lo padece. Hay profetas de lo bueno y de lo malo y todos aunque lo callan, desconfían que el modelo pueda ser resistido por largo trecho. Pero mientras no se padece cualquier acercamiento a esta situación es solo de curiosidad y tal vez de acompañamiento.
La situación, obviamente no es la misma en todo paciente, porque esa palabra dice mucho de lo que se viene con ese mal: paciente el que `padece, paciente el que debe tener paz, paciente el que lo siente así sea silente. Y cada enfermo trae su propio cocktail de remedios: caseros, clínicos, de oída o de vivida. Muchos de ellos con muy poco bagaje científico, muchos porque la tradición oral los encumbra a soluciones efectivas y la mayoría de ellos, acompañados de fe de quien los receta y de quien los ingiere o aplica.
Por supuesto, la enfermedad en sí, trae sus propias verdades: fuente, origen, causa, herencia, ubicación, tiempo, intensidad o nivel de dolor y estado de avance. Esta última merece un capítulo aparte pero no seamos melodramáticos y dejémoslo para los historiadores de su estudio y taxonomía. Esa tradicional clasificación de cuatro estadios, marca un derrotero, que en mi caso, afecta más de lo que en sí mismo la categoría refleja. Parece sentencia de cierre, la categoría IV, el estado de mayor avance, donde lo único que asocian es cuidado paliativo y de mucha lucha por no desesperar. Los galenos, expertos del tema, acostumbran a sentenciar ¨En este estadio ya no es operable y será combatido, en la medida de la respuesta del paciente, con fármacos que lo encapsule y permitan dentro de las posibilidades mantener una calidad de vida óptima hasta que haya su propio desenlace¨ , dicho en buen romance, le suministraremos las opciones que el mercado actual de la clínica permite augurar un combate del mal, tratando de que no se extienda más y que permita una vida digna y mínima en dolor hasta que la energía del cuerpo sufriente, permita, lo que salvo el Supremo, sabe hasta donde puede ser: días, meses, o tal vez años.
Y cuando empieza este trasegar por el camino de la posibilidad de éxito y el desasosiego que produce la poca certeza de su efectividad, van anunciando que el mal puede ser paliado, controlado, encapsulado o detenido, se envían señales de los efectos secundarios que la droga combatiente va a producir en el sujeto, en las áreas que no están controladas por el mal y que muy seguramente serán afectadas: Cabello, visión, audición, etc., es decir, todo lo que está bien puede ser comprometido o afectado por la fortaleza del veneno suministrado metódicamente, para combatir las células que se reproducen de manera desorganizada y caótica, pero que irremediablemente afectarán a las otras, porque el cuerpo es uno solo y como tal responde a lo aplicado, ya sea de forma intravenosa, líquida o con grageas, proporcionalmente suministradas al peso y capacidad de resistencia del doliente.
Y aquí describo, sin ánimo de ser concluyente, los distintos efectos y òrganos que se afectan mientras la droga controlada hace su correspondiente servicio de atacar el mal. A. Cefaleas, en el caso donde la ca no sea en ese importante eje del ser. su cabeza. B, Los sonidos del silencio, conocidos como tinitus, donde sonidos audibles hacia el interior recorren la banda de frecuencias de manera permanente, estridente en muchos casos, hasta que el cerebro los procesa, los distingue y con un poco de fortuna los forma parte del ambiente, para que la víctima no se enloquezca o pierda los estribos por tan permanente y aburrido susurro o tempestad auditiva. C. El adormecimiento y dolor en las extremidades de los pies y manos, los dedos, en particular su última falange, donde la sensibilidad se vuelve crítica y tocar cualquier elemento, incluida la propia piel, es doloroso, intenso y muchas veces acompañado de resquebrajamiento de la piel, la pèrdida de la primera capa y la posibilidad de asir cualquier objeto, peor si está frío, se vuelve una tortura; gracias a la capacidad e adaptación, el paciente lo hace parte de su nueva realidad y con ayuda de su cerebro eleva el umbral de dolor, para que pasado un buen tiempo acepte esta invariable realidad y de acuerdo con la intensidad y concentración de la droga, sobreponerse a esta sensación y convertirla en su nueva normalidad, como dicen ahora los especialistas del cambio. D. EL ciclo del sueño, afectado desde la fecha de la infausta noticia hasta la presente, que por la debilidad producto de la medicación se causa, altera por completo la noción de día y noche, asociado con el beneplácito de dormir, tiempo pasado, más de cinco horas seguidas, se convierte en otro tirano del ciclo diario: duerma cuando pueda y aproveche los ratos que el cansancio y la debilidad le permitan, porque su ciclo normal ha desaparecido para siempre. E. la apetencia, porque a partir del consumo de medicamentos propios del combate del ca, se vuelven casi un capricho: hoy quiero, mañana no, sin importar que tan apetitoso o afición se tenga por tal o cual alimento: fruta, proteína, legumbre, vegetal, etc. Y peor con aquellos que son recomendados para combatir el mal, pues su frecuente consumo los vuelve primeros candidatos a ser rechazados por el paladar o el buen gusto del consumidor enfermo.
La lista es mayor, pero ya hay suficiente para el apreciado lector, espero poder continuar con los otros efectos en la próxima entrega de su navegante, su amigo y doliente.
Espero sus comentarios y busco otros colegas de la enfermedad para intercambiar experiencias o ángulos de vista de lo aquí expresado. Hasta Pronto.

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